lunes, 9 de abril de 2007

12 de abril

Hormigón
John Berger del libro "Lila y Flag"

(…)

Era por la mañana temprano en Troy. Un hombre subía los finos peldaños de metal de una angosta torre no mucho más ancha que su espalda. La torre era transparente, sus paredes eran de aire. La escalera era totalmente vertical. Contra el azul del cielo y vestido con un mameluco de trabajo azul, el hombre era casi invisible. Tenía un gran bigote negro, que a su hija Chrysanthe le encantaba perfilar con el dedo. ¡Parece un cuervo volando!, exclamaba. El hombre se llamaba Yannis. La bolsa que llevaba a la espalda mientras subía hacia el cielo contenía pan, unas chuletas de cordero y un cartón de jugo de naranja.

Hay un momento por la mañana temprano, antes de que se haya derramado demasiada sangre, antes de que la crueldad de los fuertes haya alcanzado su apogeo, cuando los jugadores nocturnos caen dormidos al fin y se libran de su tristeza, hay un momento en el que el nuevo día parece casi inocente.

Subir comida a la grúa estaba terminantemente prohibido, pues se pensaba que incitaba al consumo de bebidas alcohólicas. Yannis, sin embargo, era un hombre que hacía lo que quería e ignoraba las reglas impuestas por otra gente. ¡Si podían encontrar un operador mejor que él, que lo buscaran!

Bajo él, los coches que llenaban Park Avenue avanzaban lentamente en ambas direcciones del tráfico, tan pegados unos a otros, que a la luz del sol de la mañana los carriles parecían serpientes metálicas de juguete. En la azotea de la comisaría de Cauchy Street, tres policías en chándal hacían ejercicios gimnásticos.

Al llegar a lo alto de la torre, Yannis se encontró en la plataforma perforada que precedía a la cabina. Le gustaba desayunar solo en el cielo. Le daba la oportunidad de pensar sin prisas.

(…)

Construcción, del latín construere, compuesto con struere, amontonar, apilar. Sugus paleaba la grava. Cuando paraba para descansar y estirar un poco la espalda, tenía la costumbre de tocarse el bigote con tres dedos de la mano derecha. Murat se acercó al montón (de hormigón), y por un momento los dos hombres permanecieron uno al lado del otro, callados, saboreando su inactividad, limpiándose el polvo de los labios.

(…)
Sugus se escupió en las manos y volvió a palear. La faena vino en su ayuda. A veces sucede esto con los trabajos. Son ellos los que levantan la pala, remueven la tierra, mantienen el clavo recto, dirigen el hacha, equilibran la carga en los hombros. Sobre todo, se hacen pequeños. Dejan de parecer gigantescos. Se fragmentan, cada vez que estiras la espalda y tomas aliento, otra pequeña parte de la faena ha quedado acabada.