
Infinito al Cubo, Rejane Cantoni y Leonardo Crescenti
http://www.flickr.com/photos/vbighetti/483213469/

Jesús Soto
http://www.unavuelta.com/Buenos_Aires/Plastica/Geo_Metrias/Principal.htm http://www.venezuelatuya.com/guayana/soto.htm
jueves, 28 de junio de 2007
28 de junio
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3:15 p. m.
sábado, 23 de junio de 2007
jueves, 21 de junio de 2007
sábado, 16 de junio de 2007
14 de junio

Fotografías sacadas de Flick´r: Zoreil, Sanfranstgehandt, Mistca, Sordek, Haruspex
12
Espantapájaros (al alcance de todos)
Oliverio Girondo, 1932
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se encarnan, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.
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martes, 12 de junio de 2007
11 de junio






La Sagrada Familia. Antoni Gaudí. Barcelona.
Imágenes de Flick´r. Adamrice, Athena of Brooklin, guillaumepaumier, haruspex, misuss h, munksynz, falr h, danntara, fraser p.
Otras Inquisiciones. "El idioma analítico de John Wilkins"
Jorge Luis Borges
"(...)Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en:
(a) pertenecientes al Emperador
(b) embalsamados
(c) amaestrados
(d) lechones
(e) sirenas
(f) fabulosos
(g) perros sueltos
(h) incluidos en esta clasificación
(i) que se agitan como locos
(j) innumerables
(k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello
(l) etcétera
(m) que acaban de romper el jarrón
(n) que de lejos parecen moscas".
(a) pertenecientes al Emperador
(b) embalsamados
(c) amaestrados
(d) lechones
(e) sirenas
(f) fabulosos
(g) perros sueltos
(h) incluidos en esta clasificación
(i) que se agitan como locos
(j) innumerables
(k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello
(l) etcétera
(m) que acaban de romper el jarrón
(n) que de lejos parecen moscas".
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martes, 5 de junio de 2007
7 de junio
Pabellón de viviendas en Marsella. Le Corbusier. (Flickr)
Fotografía enviada por la alumna Andrea Tubert
Fotografías sacadas de de Flickr. BrittneyBush y CDBryan
Proyectar un edificio (Conclusión)
Ocho lecciones de arquitectura
Ludovico Quaroni
Editorial Xarait Ediciones
Estoy en el interior del Panteón y el cilindro es ahora un edificio articulado en nichos, cornisas, falsas ventanas y casetones que escanden la bóveda. Un vano totalmente cerrado, salvo una mínima fisura entre los enormes batientes de la puerta de bronce, y ese ojo, allá arriba, que pone este espacio en conexión directa con el universo exterior.
Tal como lo veo ahora, el interior de este monumento es distinto al de última reconstrucción en los tiempos de Adriano, pero acaso sea más apreciable el espacio de la bóveda circular sin los presuntos florones y puedo hacer muchas consideraciones sobre el modo en que el dibujo y el color de las partes arquitectónicas contribuyen a definir el espacio: El Panteón de Adriano era probablemente algo distinto y acaso menos eficaz a efectos de la restitución espacial, pero los gallones de la cornisa de bronce original en torno al ojo están perfectamente calibrados para permitir a la luz fragmentarse difuminando la línea de demarcación entre la luminosidad del cielo y la sombra de la bóveda.
Como quiera que sea, aquí me doy cuenta de la imposibilidad en que nos hallamos de plasmar en el diseño el efecto espacial de un edificio. El diseño es a escala y por lo tanto no puede dar el efecto dimensional relativo al hombre, lo que es importantísimo (un Panteón construido a escala uno a dos respecto al original sería una cosa totalmente distinta y el ochenta por ciento de su valor espacial resultaría destruido). El diseño en sección muestra claramente que altura y anchura son iguales pero no da ninguna idea del efecto de pesadez-ligereza de la cúpula, que se coloca como una abstracción frente a la materialidad del sol que desde un lado ilumina el espesor del ojo. La escansión regular de los cuadrados del pavimento restablece la dirección del eje principal de la entrada y del pronaos, apenas confirmada, en el trozo de pared opuesto, por un arco: éste se aprecia en la planta y en el alzado, pero en cambio no se aprecia el efecto que el ajedrezado del pavimento, en el que los cuadrados interiores se alternan con tondos, produce cuando el observador se coloca diagonalmente a él, restituyendo, al margen de la axialidad, la dimensión espacial global.
Con esta descripción, que de lo abstracto ha pasado a lo real de un monumento existente en Roma, y suponiendo que la extraña descripción haya sido lo suficientemente eficaz como para aclarar el concepto de espacio en arquitectura, debemos corregir la anterior afirmación de un espacio estático contrapuesto a un espacio dinámico.
En efecto, el espacio es siempre, en alguna medida, dinámico, precisamente porque es visible y disfrutable desde diferentes puntos de vista (es decir, no es un cuadro) con efectos muy distintos y porque nunca es posible, ni siquiera en los casos menos complejos, hablar de “un solo” espacio: los espacio son por lo menos dos, el exterior y el interior, en el caso, real, de una única rotonda en medio del desierto, pero habitualmente son muchísimos porque hasta un edificio sencillo presenta numerosas articulaciones.
De un edificio se puede decir que el espacio es su principal dimensión arquitectónica: “dimensión” que resulta de la composición –o sea de la multiplicación y no de la simple adición- de todos loe espacios elementales, es decir de los vacíos definidos por los llenos, y por tanto de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
El espacio de un solo ambiente puede ser agradable o desagradable (demasiado alto, demasiado estrecho, demasiado pequeño, demasiado grande, etc., considerando las aberturas y su articulación arquitectónica, plástica y cromática) considerándolo en sí mismo, pero en cambio puede resultar perfectamente calibrado cuando se considera la relación entre los espacios en sucesión, esto es, la ya citada promenade architecturale de Le Corbusier, y cuando se toma en consideración la coparticipación , la compenetración entre varios espacios elementales a los efectos de generar una sintaxis espacial que abarque contigüedades colocadas en el mismo plano, como en el caso de la sucesión y, mejor aún, contigüedad entre planos verticales distintos (los “escalones”: de las escaleras helicoidales de Roma a las escaleras de honor de los palacios de Caserta o de Würzburg, pasando por las relaciones entre iglesia y cripta en las catedrales “lombardas” o por el reciente banco en Buenos Aires de Testa, Agostini, Elia y Sánchez Ramos).
Por lo que respecta al espacio creado por los “exteriores” de los edificios se puede decir que para la ciudad (vista naturalmente no en su gran conjunto del continuum sino en la trabazón más homogénea del centro histórico o de un barrio proyectado) el espacio es, como para un edificio, aquella “dimensión” importantísima que resulta de la composición de los espacios exteriores elementales (plazas, calles, desgarramientos, etc.), es decir, incluso en este caso, vacíos definidos por los llenos (que en lugar de estructuras y cerramientos esta vez serán los propios edificios) y que también resulta de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
Tal como lo veo ahora, el interior de este monumento es distinto al de última reconstrucción en los tiempos de Adriano, pero acaso sea más apreciable el espacio de la bóveda circular sin los presuntos florones y puedo hacer muchas consideraciones sobre el modo en que el dibujo y el color de las partes arquitectónicas contribuyen a definir el espacio: El Panteón de Adriano era probablemente algo distinto y acaso menos eficaz a efectos de la restitución espacial, pero los gallones de la cornisa de bronce original en torno al ojo están perfectamente calibrados para permitir a la luz fragmentarse difuminando la línea de demarcación entre la luminosidad del cielo y la sombra de la bóveda.
Como quiera que sea, aquí me doy cuenta de la imposibilidad en que nos hallamos de plasmar en el diseño el efecto espacial de un edificio. El diseño es a escala y por lo tanto no puede dar el efecto dimensional relativo al hombre, lo que es importantísimo (un Panteón construido a escala uno a dos respecto al original sería una cosa totalmente distinta y el ochenta por ciento de su valor espacial resultaría destruido). El diseño en sección muestra claramente que altura y anchura son iguales pero no da ninguna idea del efecto de pesadez-ligereza de la cúpula, que se coloca como una abstracción frente a la materialidad del sol que desde un lado ilumina el espesor del ojo. La escansión regular de los cuadrados del pavimento restablece la dirección del eje principal de la entrada y del pronaos, apenas confirmada, en el trozo de pared opuesto, por un arco: éste se aprecia en la planta y en el alzado, pero en cambio no se aprecia el efecto que el ajedrezado del pavimento, en el que los cuadrados interiores se alternan con tondos, produce cuando el observador se coloca diagonalmente a él, restituyendo, al margen de la axialidad, la dimensión espacial global.
Con esta descripción, que de lo abstracto ha pasado a lo real de un monumento existente en Roma, y suponiendo que la extraña descripción haya sido lo suficientemente eficaz como para aclarar el concepto de espacio en arquitectura, debemos corregir la anterior afirmación de un espacio estático contrapuesto a un espacio dinámico.
En efecto, el espacio es siempre, en alguna medida, dinámico, precisamente porque es visible y disfrutable desde diferentes puntos de vista (es decir, no es un cuadro) con efectos muy distintos y porque nunca es posible, ni siquiera en los casos menos complejos, hablar de “un solo” espacio: los espacio son por lo menos dos, el exterior y el interior, en el caso, real, de una única rotonda en medio del desierto, pero habitualmente son muchísimos porque hasta un edificio sencillo presenta numerosas articulaciones.
De un edificio se puede decir que el espacio es su principal dimensión arquitectónica: “dimensión” que resulta de la composición –o sea de la multiplicación y no de la simple adición- de todos loe espacios elementales, es decir de los vacíos definidos por los llenos, y por tanto de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
El espacio de un solo ambiente puede ser agradable o desagradable (demasiado alto, demasiado estrecho, demasiado pequeño, demasiado grande, etc., considerando las aberturas y su articulación arquitectónica, plástica y cromática) considerándolo en sí mismo, pero en cambio puede resultar perfectamente calibrado cuando se considera la relación entre los espacios en sucesión, esto es, la ya citada promenade architecturale de Le Corbusier, y cuando se toma en consideración la coparticipación , la compenetración entre varios espacios elementales a los efectos de generar una sintaxis espacial que abarque contigüedades colocadas en el mismo plano, como en el caso de la sucesión y, mejor aún, contigüedad entre planos verticales distintos (los “escalones”: de las escaleras helicoidales de Roma a las escaleras de honor de los palacios de Caserta o de Würzburg, pasando por las relaciones entre iglesia y cripta en las catedrales “lombardas” o por el reciente banco en Buenos Aires de Testa, Agostini, Elia y Sánchez Ramos).
Por lo que respecta al espacio creado por los “exteriores” de los edificios se puede decir que para la ciudad (vista naturalmente no en su gran conjunto del continuum sino en la trabazón más homogénea del centro histórico o de un barrio proyectado) el espacio es, como para un edificio, aquella “dimensión” importantísima que resulta de la composición de los espacios exteriores elementales (plazas, calles, desgarramientos, etc.), es decir, incluso en este caso, vacíos definidos por los llenos (que en lugar de estructuras y cerramientos esta vez serán los propios edificios) y que también resulta de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
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10:34 p. m.
lunes, 4 de junio de 2007
4 de junio



Fotografías de Allison Buskirk y Flickr/Josef Albers, Homenaje al Cuadrado
Proyectar un edificio (Continuación)
Ocho lecciones de arquitectura
Ludovico Quaroni
Editorial Xarait Ediciones
Pero la luz difusa y la falta de color son las mismas, con las consecuencias de un espacio opaco, sordo y poco perceptible. Pero, de repente, las paredes se empiezan a encender de color: el techo se hace aún más sordo, precisando esta cualidad con un negro intenso, mientras el pavimento se aclara hasta el blanco luminoso y las paredes se definen cromáticamente, todas de un rojo puro, vivo y violento: el efecto espacial dinámico disminuye debido a la centralidad de la perspectiva aclarada por el color, aunque no cambie su efecto exaltante. Pero todo dura pocos instantes y los colores siguen cambiando: ahora las seis caras del cubo son todas distintas, una es violeta-roja, otra turquesa, otra azul oscura y luminosa, otra verde esmeralda claro, otra verde oscura y otra gris claro. La sensación de exaltación es sustituida por la de elegancia compuesta, mientras que el efecto dinámico vuelve revigorizado con la destrucción de la simetría por efecto de la descompensación entre la intensidad y la calidad de los colores. Así pues, el color contribuye a la construcción del efecto espacial.
Cuando salgo, en lugar del otro cubo encuentro tres cilindros, aparentemente del mismo diámetro y de la misma altura, igualmente distantes entre sí y simétricamente dispuestos respecto a la diagonal del cubo, es decir, respecto a la directriz de mi movimiento: el resultado es una sensación relajadora de armonía que, sin embargo, me impide quedarme quieto y me empuja a entrar entre las curvas huidizas. Pero apenas he atravesado el espacio entre el cilindro de la izquierda y el del fondo se me presentan otros muchos cilindros, uno inmenso y poco convexo, tan grande es su radio de curvatura, y los demás de distintos diámetros y alturas, situados todos a distancias muy variables entre ellos: la vista, más allá de los cilindros más cercanos, se pierde en un gran espacio en cuyo fondo un semicilindro que presenta el lado cóncavo parece recoger y encerrar en su inmensidad este paisaje de sólidos curvos. Siguiendo mi promenade architectuale (Le Corbusier) me deslizo a lo largo de la pared de un cilindro situado a la izquierda y luego la dejo por la del otro, colocado a la derecha un poco más atrás, es decir, atraído por una curva y luego, sin solución de continuidad, por su contracurva: un recorrido en ese.
Pero he aquí un cilindro mucho más grande con una puerta que me atrae y me invita: mi camino continúa, pero de modo opuesto al anterior. Mientras antes seguía, atraído por el muro, una superficie convexa, ahora estoy obligado a seguir, atraído por la misma masa del muro, una superficie cóncava, con un efecto espacial totalmente distinto: el mismo comportamiento instintivo me hace preferir el apoyo del muro en la incógnita del vacío, pero actúa de modo contrario en el exterior y en el interior del cilindro.
De repente parece como si el cilindro se dilatase y se hiciera más grande: pierdo el sentido de la curvatura y mi caminar se hace más lento hasta el punto que de que me es indiferente pararme, seguir o cambiar de dirección, tal vez hacia el centro. Y veo que las paredes, hasta ahora verticales y abiertas al cielo, se pliegan hasta curvarse y cerrarse hacia el centro, hasta dejar un único ojo para la luz del cielo: un rayo de sol atraviesa diagonalmente el espacio iluminado el polvillo atmosférico y haciéndole así visible.
Continuará...
Ocho lecciones de arquitectura
Ludovico Quaroni
Editorial Xarait Ediciones
Pero la luz difusa y la falta de color son las mismas, con las consecuencias de un espacio opaco, sordo y poco perceptible. Pero, de repente, las paredes se empiezan a encender de color: el techo se hace aún más sordo, precisando esta cualidad con un negro intenso, mientras el pavimento se aclara hasta el blanco luminoso y las paredes se definen cromáticamente, todas de un rojo puro, vivo y violento: el efecto espacial dinámico disminuye debido a la centralidad de la perspectiva aclarada por el color, aunque no cambie su efecto exaltante. Pero todo dura pocos instantes y los colores siguen cambiando: ahora las seis caras del cubo son todas distintas, una es violeta-roja, otra turquesa, otra azul oscura y luminosa, otra verde esmeralda claro, otra verde oscura y otra gris claro. La sensación de exaltación es sustituida por la de elegancia compuesta, mientras que el efecto dinámico vuelve revigorizado con la destrucción de la simetría por efecto de la descompensación entre la intensidad y la calidad de los colores. Así pues, el color contribuye a la construcción del efecto espacial.
Cuando salgo, en lugar del otro cubo encuentro tres cilindros, aparentemente del mismo diámetro y de la misma altura, igualmente distantes entre sí y simétricamente dispuestos respecto a la diagonal del cubo, es decir, respecto a la directriz de mi movimiento: el resultado es una sensación relajadora de armonía que, sin embargo, me impide quedarme quieto y me empuja a entrar entre las curvas huidizas. Pero apenas he atravesado el espacio entre el cilindro de la izquierda y el del fondo se me presentan otros muchos cilindros, uno inmenso y poco convexo, tan grande es su radio de curvatura, y los demás de distintos diámetros y alturas, situados todos a distancias muy variables entre ellos: la vista, más allá de los cilindros más cercanos, se pierde en un gran espacio en cuyo fondo un semicilindro que presenta el lado cóncavo parece recoger y encerrar en su inmensidad este paisaje de sólidos curvos. Siguiendo mi promenade architectuale (Le Corbusier) me deslizo a lo largo de la pared de un cilindro situado a la izquierda y luego la dejo por la del otro, colocado a la derecha un poco más atrás, es decir, atraído por una curva y luego, sin solución de continuidad, por su contracurva: un recorrido en ese.
Pero he aquí un cilindro mucho más grande con una puerta que me atrae y me invita: mi camino continúa, pero de modo opuesto al anterior. Mientras antes seguía, atraído por el muro, una superficie convexa, ahora estoy obligado a seguir, atraído por la misma masa del muro, una superficie cóncava, con un efecto espacial totalmente distinto: el mismo comportamiento instintivo me hace preferir el apoyo del muro en la incógnita del vacío, pero actúa de modo contrario en el exterior y en el interior del cilindro.
De repente parece como si el cilindro se dilatase y se hiciera más grande: pierdo el sentido de la curvatura y mi caminar se hace más lento hasta el punto que de que me es indiferente pararme, seguir o cambiar de dirección, tal vez hacia el centro. Y veo que las paredes, hasta ahora verticales y abiertas al cielo, se pliegan hasta curvarse y cerrarse hacia el centro, hasta dejar un único ojo para la luz del cielo: un rayo de sol atraviesa diagonalmente el espacio iluminado el polvillo atmosférico y haciéndole así visible.
Continuará...
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