lunes, 4 de junio de 2007

4 de junio









Fotografías de Allison Buskirk y Flickr/Josef Albers, Homenaje al Cuadrado


Proyectar un edificio (Continuación)
Ocho lecciones de arquitectura
Ludovico Quaroni
Editorial Xarait Ediciones


Pero la luz difusa y la falta de color son las mismas, con las consecuencias de un espacio opaco, sordo y poco perceptible. Pero, de repente, las paredes se empiezan a encender de color: el techo se hace aún más sordo, precisando esta cualidad con un negro intenso, mientras el pavimento se aclara hasta el blanco luminoso y las paredes se definen cromáticamente, todas de un rojo puro, vivo y violento: el efecto espacial dinámico disminuye debido a la centralidad de la perspectiva aclarada por el color, aunque no cambie su efecto exaltante. Pero todo dura pocos instantes y los colores siguen cambiando: ahora las seis caras del cubo son todas distintas, una es violeta-roja, otra turquesa, otra azul oscura y luminosa, otra verde esmeralda claro, otra verde oscura y otra gris claro. La sensación de exaltación es sustituida por la de elegancia compuesta, mientras que el efecto dinámico vuelve revigorizado con la destrucción de la simetría por efecto de la descompensación entre la intensidad y la calidad de los colores. Así pues, el color contribuye a la construcción del efecto espacial.

Cuando salgo, en lugar del otro cubo encuentro tres cilindros, aparentemente del mismo diámetro y de la misma altura, igualmente distantes entre sí y simétricamente dispuestos respecto a la diagonal del cubo, es decir, respecto a la directriz de mi movimiento: el resultado es una sensación relajadora de armonía que, sin embargo, me impide quedarme quieto y me empuja a entrar entre las curvas huidizas. Pero apenas he atravesado el espacio entre el cilindro de la izquierda y el del fondo se me presentan otros muchos cilindros, uno inmenso y poco convexo, tan grande es su radio de curvatura, y los demás de distintos diámetros y alturas, situados todos a distancias muy variables entre ellos: la vista, más allá de los cilindros más cercanos, se pierde en un gran espacio en cuyo fondo un semicilindro que presenta el lado cóncavo parece recoger y encerrar en su inmensidad este paisaje de sólidos curvos. Siguiendo mi promenade architectuale (Le Corbusier) me deslizo a lo largo de la pared de un cilindro situado a la izquierda y luego la dejo por la del otro, colocado a la derecha un poco más atrás, es decir, atraído por una curva y luego, sin solución de continuidad, por su contracurva: un recorrido en ese.

Pero he aquí un cilindro mucho más grande con una puerta que me atrae y me invita: mi camino continúa, pero de modo opuesto al anterior. Mientras antes seguía, atraído por el muro, una superficie convexa, ahora estoy obligado a seguir, atraído por la misma masa del muro, una superficie cóncava, con un efecto espacial totalmente distinto: el mismo comportamiento instintivo me hace preferir el apoyo del muro en la incógnita del vacío, pero actúa de modo contrario en el exterior y en el interior del cilindro.

De repente parece como si el cilindro se dilatase y se hiciera más grande: pierdo el sentido de la curvatura y mi caminar se hace más lento hasta el punto que de que me es indiferente pararme, seguir o cambiar de dirección, tal vez hacia el centro. Y veo que las paredes, hasta ahora verticales y abiertas al cielo, se pliegan hasta curvarse y cerrarse hacia el centro, hasta dejar un único ojo para la luz del cielo: un rayo de sol atraviesa diagonalmente el espacio iluminado el polvillo atmosférico y haciéndole así visible.

Continuará...