Pabellón de viviendas en Marsella. Le Corbusier. (Flickr)
Fotografía enviada por la alumna Andrea Tubert
Fotografías sacadas de de Flickr. BrittneyBush y CDBryan
Proyectar un edificio (Conclusión)
Ocho lecciones de arquitectura
Ludovico Quaroni
Editorial Xarait Ediciones
Estoy en el interior del Panteón y el cilindro es ahora un edificio articulado en nichos, cornisas, falsas ventanas y casetones que escanden la bóveda. Un vano totalmente cerrado, salvo una mínima fisura entre los enormes batientes de la puerta de bronce, y ese ojo, allá arriba, que pone este espacio en conexión directa con el universo exterior.
Tal como lo veo ahora, el interior de este monumento es distinto al de última reconstrucción en los tiempos de Adriano, pero acaso sea más apreciable el espacio de la bóveda circular sin los presuntos florones y puedo hacer muchas consideraciones sobre el modo en que el dibujo y el color de las partes arquitectónicas contribuyen a definir el espacio: El Panteón de Adriano era probablemente algo distinto y acaso menos eficaz a efectos de la restitución espacial, pero los gallones de la cornisa de bronce original en torno al ojo están perfectamente calibrados para permitir a la luz fragmentarse difuminando la línea de demarcación entre la luminosidad del cielo y la sombra de la bóveda.
Como quiera que sea, aquí me doy cuenta de la imposibilidad en que nos hallamos de plasmar en el diseño el efecto espacial de un edificio. El diseño es a escala y por lo tanto no puede dar el efecto dimensional relativo al hombre, lo que es importantísimo (un Panteón construido a escala uno a dos respecto al original sería una cosa totalmente distinta y el ochenta por ciento de su valor espacial resultaría destruido). El diseño en sección muestra claramente que altura y anchura son iguales pero no da ninguna idea del efecto de pesadez-ligereza de la cúpula, que se coloca como una abstracción frente a la materialidad del sol que desde un lado ilumina el espesor del ojo. La escansión regular de los cuadrados del pavimento restablece la dirección del eje principal de la entrada y del pronaos, apenas confirmada, en el trozo de pared opuesto, por un arco: éste se aprecia en la planta y en el alzado, pero en cambio no se aprecia el efecto que el ajedrezado del pavimento, en el que los cuadrados interiores se alternan con tondos, produce cuando el observador se coloca diagonalmente a él, restituyendo, al margen de la axialidad, la dimensión espacial global.
Con esta descripción, que de lo abstracto ha pasado a lo real de un monumento existente en Roma, y suponiendo que la extraña descripción haya sido lo suficientemente eficaz como para aclarar el concepto de espacio en arquitectura, debemos corregir la anterior afirmación de un espacio estático contrapuesto a un espacio dinámico.
En efecto, el espacio es siempre, en alguna medida, dinámico, precisamente porque es visible y disfrutable desde diferentes puntos de vista (es decir, no es un cuadro) con efectos muy distintos y porque nunca es posible, ni siquiera en los casos menos complejos, hablar de “un solo” espacio: los espacio son por lo menos dos, el exterior y el interior, en el caso, real, de una única rotonda en medio del desierto, pero habitualmente son muchísimos porque hasta un edificio sencillo presenta numerosas articulaciones.
De un edificio se puede decir que el espacio es su principal dimensión arquitectónica: “dimensión” que resulta de la composición –o sea de la multiplicación y no de la simple adición- de todos loe espacios elementales, es decir de los vacíos definidos por los llenos, y por tanto de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
El espacio de un solo ambiente puede ser agradable o desagradable (demasiado alto, demasiado estrecho, demasiado pequeño, demasiado grande, etc., considerando las aberturas y su articulación arquitectónica, plástica y cromática) considerándolo en sí mismo, pero en cambio puede resultar perfectamente calibrado cuando se considera la relación entre los espacios en sucesión, esto es, la ya citada promenade architecturale de Le Corbusier, y cuando se toma en consideración la coparticipación , la compenetración entre varios espacios elementales a los efectos de generar una sintaxis espacial que abarque contigüedades colocadas en el mismo plano, como en el caso de la sucesión y, mejor aún, contigüedad entre planos verticales distintos (los “escalones”: de las escaleras helicoidales de Roma a las escaleras de honor de los palacios de Caserta o de Würzburg, pasando por las relaciones entre iglesia y cripta en las catedrales “lombardas” o por el reciente banco en Buenos Aires de Testa, Agostini, Elia y Sánchez Ramos).
Por lo que respecta al espacio creado por los “exteriores” de los edificios se puede decir que para la ciudad (vista naturalmente no en su gran conjunto del continuum sino en la trabazón más homogénea del centro histórico o de un barrio proyectado) el espacio es, como para un edificio, aquella “dimensión” importantísima que resulta de la composición de los espacios exteriores elementales (plazas, calles, desgarramientos, etc.), es decir, incluso en este caso, vacíos definidos por los llenos (que en lugar de estructuras y cerramientos esta vez serán los propios edificios) y que también resulta de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
Tal como lo veo ahora, el interior de este monumento es distinto al de última reconstrucción en los tiempos de Adriano, pero acaso sea más apreciable el espacio de la bóveda circular sin los presuntos florones y puedo hacer muchas consideraciones sobre el modo en que el dibujo y el color de las partes arquitectónicas contribuyen a definir el espacio: El Panteón de Adriano era probablemente algo distinto y acaso menos eficaz a efectos de la restitución espacial, pero los gallones de la cornisa de bronce original en torno al ojo están perfectamente calibrados para permitir a la luz fragmentarse difuminando la línea de demarcación entre la luminosidad del cielo y la sombra de la bóveda.
Como quiera que sea, aquí me doy cuenta de la imposibilidad en que nos hallamos de plasmar en el diseño el efecto espacial de un edificio. El diseño es a escala y por lo tanto no puede dar el efecto dimensional relativo al hombre, lo que es importantísimo (un Panteón construido a escala uno a dos respecto al original sería una cosa totalmente distinta y el ochenta por ciento de su valor espacial resultaría destruido). El diseño en sección muestra claramente que altura y anchura son iguales pero no da ninguna idea del efecto de pesadez-ligereza de la cúpula, que se coloca como una abstracción frente a la materialidad del sol que desde un lado ilumina el espesor del ojo. La escansión regular de los cuadrados del pavimento restablece la dirección del eje principal de la entrada y del pronaos, apenas confirmada, en el trozo de pared opuesto, por un arco: éste se aprecia en la planta y en el alzado, pero en cambio no se aprecia el efecto que el ajedrezado del pavimento, en el que los cuadrados interiores se alternan con tondos, produce cuando el observador se coloca diagonalmente a él, restituyendo, al margen de la axialidad, la dimensión espacial global.
Con esta descripción, que de lo abstracto ha pasado a lo real de un monumento existente en Roma, y suponiendo que la extraña descripción haya sido lo suficientemente eficaz como para aclarar el concepto de espacio en arquitectura, debemos corregir la anterior afirmación de un espacio estático contrapuesto a un espacio dinámico.
En efecto, el espacio es siempre, en alguna medida, dinámico, precisamente porque es visible y disfrutable desde diferentes puntos de vista (es decir, no es un cuadro) con efectos muy distintos y porque nunca es posible, ni siquiera en los casos menos complejos, hablar de “un solo” espacio: los espacio son por lo menos dos, el exterior y el interior, en el caso, real, de una única rotonda en medio del desierto, pero habitualmente son muchísimos porque hasta un edificio sencillo presenta numerosas articulaciones.
De un edificio se puede decir que el espacio es su principal dimensión arquitectónica: “dimensión” que resulta de la composición –o sea de la multiplicación y no de la simple adición- de todos loe espacios elementales, es decir de los vacíos definidos por los llenos, y por tanto de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.
El espacio de un solo ambiente puede ser agradable o desagradable (demasiado alto, demasiado estrecho, demasiado pequeño, demasiado grande, etc., considerando las aberturas y su articulación arquitectónica, plástica y cromática) considerándolo en sí mismo, pero en cambio puede resultar perfectamente calibrado cuando se considera la relación entre los espacios en sucesión, esto es, la ya citada promenade architecturale de Le Corbusier, y cuando se toma en consideración la coparticipación , la compenetración entre varios espacios elementales a los efectos de generar una sintaxis espacial que abarque contigüedades colocadas en el mismo plano, como en el caso de la sucesión y, mejor aún, contigüedad entre planos verticales distintos (los “escalones”: de las escaleras helicoidales de Roma a las escaleras de honor de los palacios de Caserta o de Würzburg, pasando por las relaciones entre iglesia y cripta en las catedrales “lombardas” o por el reciente banco en Buenos Aires de Testa, Agostini, Elia y Sánchez Ramos).
Por lo que respecta al espacio creado por los “exteriores” de los edificios se puede decir que para la ciudad (vista naturalmente no en su gran conjunto del continuum sino en la trabazón más homogénea del centro histórico o de un barrio proyectado) el espacio es, como para un edificio, aquella “dimensión” importantísima que resulta de la composición de los espacios exteriores elementales (plazas, calles, desgarramientos, etc.), es decir, incluso en este caso, vacíos definidos por los llenos (que en lugar de estructuras y cerramientos esta vez serán los propios edificios) y que también resulta de su combinación y sucesión a lo largo de los recorridos más importantes.



