La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración. La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia.
Por tanto, a cada hombre individual le es difícil salir de la minoría de edad, casi convertida en naturaleza suya; inclusive, le ha cobrado afición. Por el momento es realmente incapaz de servirse del propio entendimiento, porque jamás se le deja hacer dicho ensayo. Los grillos que atan a la persistente minoría de edad están dados por reglamentos y fórmulas: instrumentos mecánicos de un uso racional, o mejor de un abuso de sus dotes naturales. Por no estar habituado a los movimientos libres, quien se desprenda de esos grillos quizá diera un inseguro salto por encima de alguna estrechísima zanja. Por eso, sólo son pocos los que, por esfuerzo del propio espíritu, logran salir de la minoría de edad y andar, sin embargo, con seguro paso.
(ttp://www.catedras.fsoc.uba.ar/mari/Archivos/HTML/KANT_ilustracion.htm)
viernes, 9 de noviembre de 2007
Respuesta a la pregunta ¿Que es la ilustracion? Kant (1784)
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miércoles, 31 de octubre de 2007
31 de octubre
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miércoles, 10 de octubre de 2007
10 de Octubre
Esta instalación temporaria trabaja sobre la diferencia entre el espacio percibido y el espacio construido por la mente. Espacio "sensitivo", Espacio "mental", y espacio "virtual", se despliegan como diferentes posibilidades de comprender y generar espacio arquitectónico.
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martes, 9 de octubre de 2007
9 de Octubre
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DWS
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miércoles, 3 de octubre de 2007
3 de Octubre
Alvin Curran
Berlin. La instalación consta de una planta dibujada en el piso con pintura fluorescente.
La planta corresponde a una antigua sinagoga destruida por el ejercito alemán.
La música fue compuesta por el compositor Alvin Curran.
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domingo, 30 de septiembre de 2007
viernes, 28 de septiembre de 2007
martes, 25 de septiembre de 2007
25 de Septiembre
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lunes, 24 de septiembre de 2007
24 de septiembre
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Workshop sobre relaciones con el 0 en FADU-UBA
Higiene e intimidad del baño
Las formas de la limpieza corporal (Conclusión)
Georges Vigarello
El principio de la transmisión no es algo nuevo. A mediados del siglo XIX quedaría bien ilustrado por la "pastoral de la miseria". Pero la austeridad de las precauciones que ésta imponía, la transformación de la circulación del agua y la diversificación de los aparatos sanitarios, cambian las condiciones mismas de esa transmisión. El efecto que se espera de la limpieza popular tampoco es nuevo: orden y salud. "Para los pobres, es decir, para la gran mayoría de los obreros que nunca se bañan (…), tal cosa significa una pérdida equiparable de fuerza y vigor." Pero las dramatizaciones también se incrementan: la transmisión de la norma entraña en primer lugar la lucha contra el "espantoso mefitismo" de los obreros, los soldados, los escolares, todo ese público al que se dirigían los baños populares de 1850 sin llegar a alcanzarlo realmente.
Finalmente vienen a añadirse las presiones de una condición cada vez mejor formulada: lavar el mayor número de cuerpos restringiendo al máximo el tiempo y el consumo de agua corriente. En este cuadro, el mismo baño plantea problemas,: "El baño en bañera, al modo antiguo, lleva demasiado tiempo, resulta demasiado caro para las masas obreras. Pérdida de tiempo y de dinero (…)"
Los militares fueron los primeros, hacia 1860, que utilizaron la ducha característica de la hidroterapia, con el fin de verter "en forma de lluvia" un agua minuciosamente calculada. Un sistema tanto más atractivo cuanto que se adecúa a la disciplina, a las filas y a los movimientos colectivos y reglamentados. Una mano exterior manipula el chorro, los soldados entran conforme a una disposición previamente convenida. En 1857, Dunal organiza una primera tentativa con el Regimiento 33 de Infantería de Marsella. Los soldados pasan en grupo bajo un mismo chorro vertical: "Los hombres se desvisten primero en una habitación y, provistos de un trozo de jabón, se meten de tres en tres bajo el tubo-regadera: tres minutos les bastan para lavarse de la cabeza a los pies. Cuando el primer grupo ha terminado deja el sitio a los tres siguientes, ya preparados de antemano, y así sucesivamente." Se empieza a esbozar una fórmula. Dunal hizo instalar un barracón de madera ene el patio de la Cordelería del Regimiento 33 de la Infantería de la línea de Marsella. Allí es donde el chorro riega a los hombres: ha nacido la primera ducha sanitaria. Pero las disposiciones todavía son vacilantes. Demasiad agitación en estos desplazamientos de escuadra, demasiad efervescencia: los hombres pasan en grupos pequeños bajo un mismo chorro. Se codean, se molestan unos a otros. El orden puede mejorarse.
En 1876, en el Regimiento 69 de Infantería, la aspersión, aunque sigue siendo la misma para todos, aparece ahora dirigida. El procedimiento se individualiza: "Un encargado dirige el chorro desde arriba sobre cada hombre situado en una palangana de zinc con los pies sumergidos en el agua. De esta forma se puede bañar a todo un regimiento -13.000 hombres- en quince días a razón de un centímetro por cabeza." Un hombre encaramado a una escalera distribuye las abluciones, escatimando su duración y orientando la ducha.
En poco tiempo, el sistema vuelve a modificarse. Una distribución más rápida impone que a cada fila de hombres corresponda una fila de aparatos. Es en la prisión de Rúan donde, unos meses después, se experimentará el siguiente dispositivo: chorro fijo, cabinas contiguas, manipulación exterior del agua, tandas de bañistas. El flujo de hombres y chorros se corresponden: "Con ocho compartimentos (…) en el transcurso de una hora pueden lavarse de 96 a 120 reclusos, aproximadamente, con un consumo de 1.500 a 1.800 litros de agua, lo que equivale a seis u ocho bañeras."
Con ciertos matices, este dispositivo es el mismo que el de los baños-duchas populares: cabinas estrechas, chorros contiguos, agua y tiempos medidos. Estructuras igualmente ligeras: en 1979, en el albergue de la Rue Saint-Jacques de París, la separación de los bañistas se realiza mediante unas cortinas; la misma función tienen los delgados tabiques que dividen las cabinas, entre las rodillas y los hombros, en el establecimiento construido por Depeaux en 1900 para los estibadores de Rúan. En resumen, un conjunto rigurosamente funcional, limitado a la distribución de las cañerías y a la individualización de las cabinas: "Para responder a su definición, para satisfacer su objetivo de higiene verdaderamente social y popular, tal establecimiento será instalado con una sencillez que, sin excluir elegancia, proscriba inútiles investigaciones arquitectónicas."
Surge un espacio íntimo popular, pero no es sino simple geometría. Unidad abstracta y transportable, forma anónima y descarnada. Sólo importa la delimitación de un espacio numerado.
El cuarto de baño del piso burgués y la ducha del establecimiento popular caracterizan dos tipos de limpieza. El agua, como herramienta, es algo adquirido. En la segunda, sin embargo, el agua es impuesta desde el exterior, cuadrículas aplicadas sobre la sorda resistencia popular; intimidad también, pero construida como una estructura congelada: lavado, en fin, pero ajeno al espacio de la vivienda. Esta última limpieza revela el largo recorrido que todavía queda por hace para que las abluciones lleguen a instalarse en la prolongación del dormitorio. Asimismo, revela hasta qué punto la intimidad traspuesta no es aún más que una célula abstracta. Estructura vacía, ideada como estructura de engendramiento. Es a partir de este geometría como deberían nacer otras referencias. Es, sobre todo, una fórmula totalmente descarnada, mínima, en la que ya se puede reconocer la limpieza de hoy, pese a ciertas diferencias evidentes: compendio de espacio administrado a fin de individualizar la ablución total.
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Las últimas prevenciones
En primer lugar, el papel específico del agua. Las cabinas celulares de las duchas públicas se inventan después de varios intentos. Se diría que durante algún tiempo las canalizaciones, los chorros y las distribuciones constituyen un obstáculo para la estructura de las individualizaciones (filas, grupos) que ya se lleva practicando bastante tiempo en otro contexto. El agua impone sus propias manipulaciones. Se resiste. Estimula la imaginación. La elaboración vacilante de este espacio celular no constituye el único ejemplo. Existen otras propuestas contemporáneas de la ducha popular: las primeras piscinas de agua caliente de París (después de 1885) fueron construidas primordialmente con fines higiénicos. Christmann insiste en esta función al promoverlas. Las piscinas permiten "proporcionar baños baratos" y son particularmente eficaces: el largo tiempo pasado en el agua actuaría también contra la mugre. Nadar también es lavarse. El movimiento físico de la natación contribuiría aquí por duplicado a la higiene: ejercicio y lavado; activación muscular y limpieza profunda. El ayuntamiento de París lo expresa con toda claridad cuando prosigue el proyecto de Christmann en los últimos años del siglo XIX: "Si el baño en bañera es saludable, mucho más lo es el baño en piscina, donde no es necesario permanecer inmóvil y donde el ejercicio de la natación no hace sino multiplicar sus efectos benéficos." El baño-ducha no se presenta así tan alejado de estos otros proyectos compuestos, en los que el agua desempeña diversas funciones: trabajo muscular, limpieza de la piel y lugar de encuentro. En el marco de estas limpiezas impuestas, no son, por tanto, las amalgamas que todavía quedan por separar. La piscina de finales de siglo, esa agua mezclada de los pobres, no hace sino recordarnos todas las estructuras yuxtapuestas de las que hubo que alejarse la limpieza moderna antes de constituirse como tal.
En cualquier caso, esta limpieza de final de siglo es decisiva para poder comprender la nuestra: está claramente orientada hacia lo invisible del cuerpo; se apoya en gran medida en las sensaciones íntimas; dispone una racionalización científica ya desarrollada. En este sentido, marca la última gran figura que precede a la limpieza de hoy. Con ella finaliza una historia, la de la limpieza que por fin terminará alcanzando a toda la piel, tanto a sus zonas más visibles como a las más ocultas. Con esos espacios ajenos a la mirada se pone fin a un largo recorrido.
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jueves, 20 de septiembre de 2007
20 de septiembre
Las formas de la limpieza corporal (Continuación)
Georges Vigarello
Higiene racional
Pero también hemos de repetir hasta qué punto es contra dicha valorización de los visible cómo nace la limpieza moderna. No se trata de que desaparezca el papel desempeñado por la ropa interior. Todo lo contrario. Al final del siglo XVIII y en el siglo XIX, la burguesía multiplicará los tejidos ligeros y los juegos en el blanco. Pero surgen otros valores; otras referencias van a promover una limpieza del interior. La verdadera transformación, lo que introduce el desplazamiento decisivo, se fundamenta en la salud: la fortaleza sustituye a la apariencia. Cuando la burguesía del siglo XIX construye teorías sobre la limpieza de la piel, apunta a una fuerza nueva. Liberar los poros a fin de darle al cuerpo un mayor dinamismo, utilizar el agua, fría incluso, para dar mayor firmeza a las fibras. La limpieza libera y refuerza; además, se hace necesario el empleo de un agua que afiance y endurezca. Ya no basta con mudarse la ropa interior, como tampoco bastan las marcas externas. La piel ha de ser alcanzada por un líquido encargado de estimular: lavar las zonas que recubren el vestido, por supuesto, para tonificarlas mejor. La representación del agua, la representación del cuerpo, se explotan hasta ahora conforme a la física del endurecimiento. Imágenes intuitivas, de nuevo, que revelan hasta qué punto puede la higiene ser objeto de racionalización en este lento desarrollo de lo íntimo. Podría hablarse incluso de una diferencia simbólica entre la limpieza del siglo XVII, en gran medida compuesta de apariencias, y la de finales del XVIII, cuyo fin es el desarrollo de las fuerzas secretas. Tan simbólica como puede serlo la diferencia entre una aristocracia apegada a las tácticas de la apariencia y una burguesía que inventa el vigor. Un código escénico frente a un código de la fuerza.
Aun cuando los mecanismos invocados no siempre sean los mismos, este principio no se modificará durante varias décadas: estar limpio es proteger y fortalecer el cuerpo. La limpieza protege y garantiza la buena marcha de las funciones. Las razones esgrimidas son de orden fisiológico. El papel energético de la piel, la molesta obstrucción causada por la mugre, el peligro que encierran las materias putrescibles, todo ello se convierte en el horizonte teórico de las abluciones y los baños. El temor a los microbios constituye un último punto: lavarse es la mejor manera de defenderse.
Otras referencias hacen más sensible este recorrido. Con aquellos gestos inducen a una limpieza que se escapa a la mirada, se van creando insensiblemente unos lugares privados. Aparecen ciertas tipologías. El dormitorio del cura de Choisy, en 1680, no tiene una dependencia para aseo personal. Los actos que el cura dedica a su higiene corresponden, por otra parte, a ese espacio polivalente: juego de afeites y lunares postizos, mudarse la camisa, secados diversos. Habrá que esperar hasta el siglo XVIII para que, a cierta distancia ya de las espectacularidades aristocráticas, se creen, en las grandes villas y mansiones, unos espacios especializados para los cuidados del cuerpo. A los cuartos de baño, son sus porcelanas, sus jarras y sus bidés (todavía escasos), corresponde ya una limpieza más secreta. Los espacios de la élite se extienden y especifican exactamente cuando se hace más profunda esa limpieza que traspasa las superficies. Se abre un lugar, exactamente igual que se amplía la limpieza.
Es a finales del siglo XIX cuando se sistematiza una regla: cerrar rigurosamente los accesos a los aseos y cuartos de baño. Con esta piel accesible en todos sus repliegues se constituye una distancia definitiva. Es por la misma época cuando se confirma un placer en la ablución que todavía no osa hacerse totalmente explícito.
Hemos de ver, finalmente hasta qué punto esta dinámica pone en juego otros espacios: el de las ciudades, en particular, con sus arquitecturas, sus comunicaciones y sus flujos. Los cuidados del cuerpo implican en este caso una reestructuración total no sólo del mundo subterráneo, sino también de la superficie de las ciudades. Uno de los factores más importantes de la reordenación urbana que tiene lugar en el siglo XIX es, sin lugar a dudas, el agua. Con ella cambia radicalmente el abastecimiento y, asimismo, la respiración de las grandes aglomeraciones urbanas. La limpieza incitó, su tecnología, su resistencia, también a ser capilarizadas.
El espacio más privado
Lo prohibido resulta reforzado. Las primeras propuestas de la transformación en cuarto de baño del tocador contiguo al dormitorio son decisivas, sobre todo después de 1880. Por ejemplo, cuando la esposa entra en él, el lugar se convierte en “un santuario cuyo umbral nadie puede traspasar, ni siquiera el esposo amado; menos que nadie, el esposo amado”. Espacio, sobre todo, rigurosamente privado: cada cual entra allí solo. La elección de los objetos, del toallero al porta-alfileres, al favorecer la funcionalidad de los accesorios, favorece también la desaparición de toda ayuda exterior. Alejamiento de los contactos indiscretos: ciertos cajones se sitúan fuera del alcance los criados. Rechazo de las miradas: “Allí no se entra acompañado.” Es necesario cerrar todo acceso. Nada sorprendente, por otro lado. Esta dinámica habría empezado a apuntar mucho tiempo atrás. Pero la imagen ha dejado de ser la de las criadas de la señora Cardoville, ayudando y sosteniendo a sus ama en el baño. Ahora es la de la disposición de los aparatos y objetos. En este marco, sencillamente se constituye una relación con uno mismo más exigente.
Tal vez nunca se había manifestado hasta tal punto esta reivindicación de la intimidad. Tal vez nunca había estado hasta tal punto asociada a la de un espacio la historia de la limpieza: crear un lugar cada vez más privado en el que los cuidados se realizan sin testigo alguno, reforzar la especificidad de ese lugar y de sus objetos. Celestine, por cuya boca habla Mirabeau en Le jounal d´une femme de chambre, siente esa prohibición como una exclusión.: “La señora se viste sola y se peina ella misma. Se encierra bajo llave en su tocador, en donde apenas se me permite la entrada.” A finales del siglo XIX, la supresión de todo testigo en esta higiene de la élite se transforma en una regla obligada. Por otro lado, la utilización de aparatos desconocidos hasta entonces permite prescindir de la ayuda tradicional de los criados.
Fontanería urbana y baños domésticos
En 1908, los establecimientos Porcher garantizan unos servicios que limitan toda manipulación y evitan toda intervención exterior: “Basta una cerilla para que el baño o la ducha estén dispuestos en el tiempo de desvestirse.” Es la nueva circulación de agua, que en un primer momento, juega un papel fundamental. Primeramente, el abastecimiento. Acueductos que conducen, a partir de la década de 1870, las fuentes del Dhuis y el Vanne por encima del Sena; diversificación de las conducciones que se alimentan del Marne al norte de París; embalses en Montsouris y Ménilmontant; y los dispositivos haussmannianos concretizan los proyectos nacidos a mitad del siglo. El servicio puede individualizarse. Al quedar finalizadas las redes de abastecimiento de Belgrand después de 1870, se va instalando el agua en cada piso. Cálculos relativos al caudal, a la presión y a la resistencia, centrados en la circulación del fluido: “Al igual que en la máquina animal, si no se toman las medidas necesarias, el funcionamiento del agua corriente a domicilio puede acarrear accidentes muy desagradables, como son las goteras, las inundaciones nocturnas, la obstrucción de los órganos de desagüe, etcétera.” Se estandariza el espesor y el diámetro de las tuberías. Se estabilizan las direcciones y los trayectos: El agua remonta las escaleras de servicio, abastece la cocina, se extiende al tocador y a los retretes.
Conquista espacial, en fin, el cuarto de baño aparece en algunos inmuebles a partir de 1880. Dilatará los pisos, ocupando lugares diferentes conforme a la imaginación del arquitecto, las limitaciones del suelo o los trayectos del agua. Poco a poco, sin embargo, el gran inmueble burgués terminará anexionándolo al dormitorio. El modelo es el del hotel americano, que seduce, a fin del siglo, a todos los visitantes europeos: “Además de una habitación de buenas dimensiones, de unos cuatro o cinco metros de altura, proporcionan al viajero un gran cuarto de baño y un retrete (...) En este lugar de ensueño no sólo encuentras un retrete indispensable, sino también toda una serie de aparatos sanitarios maravillosamente dispuestos.”
En dos décadas, el público de este cuarto de baño se habrá ampliado sensiblemente. En 1880, no obstante, todavía son pocas las casas de alquiler que incluyen tales dispositivos, aunque se dan algunos ejemplos, particularmente en París. También hay otros indicios: en la prefectura de Orán, en 1880, el piso del prefecto tiene cuarto de baño, mientras que el del secretario general carece de él. A principios del siglo XX, en cambio, las instalaciones se unifican. Todos los inmuebles notables, censados por Bonnier entre 1905 1914, han adoptado los nuevos dispositivos. Los establecimientos Porcher dicen haber vendido 82.000 calentadores de agua en 1907. Se afirma una práctica burguesa, próxima, por fin, a la de hoy en día.

La evocación de esas abluciones y su puesta en escena literaria también cambian. Zola, en algunas novelas de finales del siglo, no se cohíbe a la hora de sugerir el enrojecimiento de una piel expuesta al agua caliente, o el vapor sofocante de un cuarto de baño recalentado. Se recrea en los perfumes apagados de las bañeras en las gotas que perlan los miembros. Sorprendentes gesto, prolonga los contactos, retiene los colores y los sonidos, haciendo resonar hasta los movimientos y los chapoteos ensordecidos del agua. Sus bañistas burguesas siempre tienen la piel un poco húmeda bajo el camisón o el albornoz: es Nana apenas vestida recibiendo a Philippe al salir del baño; o también Nana “inspeccionando y lavando” su cuerpo, antes de contemplarlo detenidamente ante el espejo. Igualmente realista es la imagen de la Sténo, aquella condesa del Cosmopolis de Bourguet (1893), azotando su sangre regularmente con unas vigorosas abluciones matinales, o la imagen de Silvert, en la Venus de Rachilde (1884), descubriendo ante Raoul un cuerpo todavía húmedo, recién salido del agua. La escena del baño pierde en academicismo lo que gana en espontaneidad. Imagen prosaica, más natural, en cualquier caso, pese a su fuerza inevitablemente inquietante. Oportunidad de sorprender la intimidad mediante lo inesperado del detalle: el agua deslizándose o secándose sobre la piel; el olor acuoso del jabón mezclándose con el de los perfumes y las cremas. Un arte de la sensación inmediata y de la mirada furtiva. Una manera, asimismo, de resaltar las curiosidad con respecto a la ablución: gestos sencillos y, sin embargo, ocultos; intimidad conocida y, no obstante, misteriosa. Con esta profusión de cuidados secretos, la emoción literaria confirma la difusión de esta práctica, al menos entre los privilegiados, en las postrimerías del siglo XIX.
Continuará...
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lunes, 17 de septiembre de 2007
17 de septiembre
Las formas de la limpieza corporal
Georges Vigarello
La consagración de la higiene como un valor social de aceptación imprescindible trajo consigo grandes cambios en lo urbano y en lo doméstico. La ciudad del siglo XIX pasó a ser una gran metáfora del cuerpo humano, recorrida por secretos fluidos que la defendían de esos mefíticos horrores específicamente urbanos que eran las epidemias. Tomando como punto de partida una Edad Media que confunde la limpieza con los modales, y pasando por una Edad Media hidrófoba, Vigarello establece la fecha de nacimiento de uno de los conceptos básicos de la civilización contemporánea que, naturalmente, ha conocido también unos cambiantes reflejos espaciales.La limpieza que aquí consideramos más antigua es aquella que se dirige exclusivamente a las partes visibles del cuerpo: el rostro y las manos. Estar limpio es mantener la cuidada una zona limitada de la piel: tan sólo la que emerge del vestido, la que se ofrece a la vista. Las reglas y los libros de urbanidad que dictaban en la Edad Media el comportamiento de los niños nobles no decían otra cosa: tener siempre limpias las manos y la cara, llevar un vestido decoroso, no rascarse la cabeza de una forma demasiado ostensible. Ninguna referencia a las interioridades del vestido o las sensaciones de la piel. Ninguna alusión a sentimiento íntimo alguno. En la Edad Media existe una limpieza corporal, pero ésta se dirige a los otros, a los testigos. Incumbe a la inmediatez de lo visible. Esos actos arcaicos de la limpieza física se ordenan así en un tejido de sociabilidad. Pero su historia muestra en primer lugar las superficies perceptibles del cuerpo y la mirada del otro las que fijan su código.
Se puede comprender ese privilegio antiguo y duradero de lo visible. La vista constituye aquí, sin duda, el indicio más intuitivo, el que convence de un modo más natural, el que puede someterse asimismo a las normas más fáciles de formular. Con ellas, los atributos de la limpieza se anuncian y se precisan en pocas palabras. Los preceptos parecen nítidos. Basta con mirar.
Hoy también hemos de comprender, para aproximarnos más a tales indicios, el papel limitado y muy particular que tiene el baño en la Edad Media. Se hace necesario medir hasta qué punto las prácticas que origina pueden ser diferentes a las nuestras. No cabe duda de que los baños, de vapor y agua, existen ya en la Edad Media, pero no son establecimientos destinados a la higiene. Se los asimila a unos placeres del todo específicos. Allende el interés termal, a menudo real, los baños de la Edad Media mezclan sus prácticas con las de las tabernas, los burdeles y las timbas. La agitación y la turbulencia no les son del todo ajenas. Esos lugares llenos de vapor, en donde las alcobas y las camas prolongan la humedad tibia de las tinas, son lugares de placeres confusos. La erótica del baño prevalece en gran medida sobre el lavado. El agua, como medio de sentir emociones físicas, atrae más al bañista que el propio acto de limpieza. El juego, en fin, la voluptuosidad incluso, importa mucho más que el estado de la piel.
Lo que muestra una historia de la limpieza corporal es la variedad en el tiempo de los usos del agua, o incluso de las fantasías ligadas a ella, y la distancia que separa las representaciones arcaicas de ñas actuales. En la Edad Media existe, pues, un baño cuyo objeto de realidad no es la limpieza. En la vida cotidiana, lo que cuenta sigue siendo la limpieza del rostro y las manos. El agua no llega verdaderamente al interior.
Alusiones a lo íntimo
Ahora bien, una historia de la limpieza muestra también que de lo que se trata es de desarrollar una intimidad del cuerpo. Se da una dinámica, confirmada ya al final de la Edad Media: un entorpecimiento insensible de las autolimitaciones, que lleva a la limpieza física a extenderse más allá de lo visible; y el desarrollo de una labor civilizadora que afina y diferencia hasta las sensaciones menos explícitas. Pero hemos de subrayar cuán alejadas de las nuestras siguen esas referencias, por mucho que se transformaran y enriquecieran. Es evidente, por ejemplo, la diferencia entre la limpieza física descrita en el siglo XVI y la descrita en la Edad Media, si bien esta diferencia no se debe a un nuevo empleo del agua. La ablución es independiente de esa transformación. La limpieza, en este caso, no se relaciona con el acto de lavarse. En primer lugar, y durante un largo período de tiempo, la causa del cambio reside en un nuevo uso de la ropa interior. Es el tratamiento de las telas del cuerpo lo que se crea, a partir del siglo XVI, un espacio físico de limpieza hasta entonces desconocido: una diferencia más acentuada entre las telas finas y gruesas; en definitiva, un mudarse con más frecuencia –y, por sobre todo, de una forma más apremiante-, las telas que se ponen en contacto con la piel. se diría que con la manipulación de esta ropa interior, las sensaciones tegumentarias se hacen más explícitas, la evocación de la transpiración, más frecuente. Ciertos repliegues o zonas ocultas del cuerpo originan otro tipo de cuidados. No deja de ser curioso que fueran una serie de prácticas secas las que hicieran evolucionar la manera de percibir y sentir la limpieza. Un dispositivo tanto más importante cuanto que, también en este caso, se dirige a ña vista, pero dándole una agudeza y una profundidad totalmente nuevas.
Al sobresalir bajo el jubón de los hombres o la falda de las mujeres, la ropa interior envía a la superficie las marcas de las zonas más secretas. Lo íntimo resulta insensiblemente inscrito en lo visible. Este tipo de limpieza triunfa con la Francia clásica hasta llegar a emplear todos los recursos del espectáculo. Prácticas cortesanas que multiplican los signos de la vestimenta, que explotan el sabio escalonamiento de las telas buscando una mayor sutileza mediante el trompe-l´oeil; encajes que aligeran y prolongan el interior del atuendo; texturas de la ropa interior, en fin, que juegan con la variedad de los tonos y la finura de las tramas de lino, la sarga, o el cáñamo a fin de orquestar sutiles distinciones sociales.
Esta limpieza, en la que la blancura de la ropa y su renovación ocupan el lugar del lavado de la piel, es tanto más importante cuanto que viene acompañada, en el siglo XVII sobre todo, por un relativo rechazo al agua.
Sin duda es aquí donde la imagen del cuerpo, la de sus operaciones, la de sus funciones, deja entrever mejor su posible peso en una historia de la limpieza. Para la élite de la Francia clásica, el cuerpo bañado es una masa invadida por el líquido, perturbada por la hartura y la inflamación: bolsas porosas, carnes impregnadas. Los poros se consideran aperturas; los órganos, receptáculos; al tiempo que abundan los ejemplos de oscuras penetraciones. Los contagios ofrecerían por sí solos una ilustración de las mismas ¿No sería el agua parecida a esos huidizos venenos que invaden el cuerpo de los contagiados? El baño ya no carece de riesgos. Es más, incluso dejaría la piel totalmente abierta. Una mecánica simplificada de la infiltración y una racionalización concebida en primer lugar para explicar el ataque fulminante de las pestes y epidemias favorecieron esta representación de un cuerpo de fronteras penetrables.
Sea como fuere, la limpieza del siglo XVII, más extendida y más profunda, no deja de ser paradójica. Alcanza a las zonas ocultas del cuerpo, al tiempo que incrementa el papel de la vista. Es más secreta, al tiempo que favorece el espectáculo como nunca lo había hecho antes. Con ella lo visible adquiere una soberanía sin igual. Hemos de hacer hincapié en cuán adecuada resulta esta práctica en una sociedad cortesana, en la que se teatralizan los gestos, las actitudes y las vestimentas. Esas telas que sobresalen por debajo del vestido, en ese acto codificado de mudarse la ropa interior, si bien amplían el espacio otorgado a lo íntimo, permiten explotar la apariencia como no se había hecho hasta entonces.
Continuará...
1. Bianca Regl, Adam 3, 2005 / 2. Jost Amman, Book of Trades, 1569 / 3. Alfred Stevens, El baño, 1867
Revista A &V Monografías de Arquitectura y Vivienda Nº 14, Año 1988
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viernes, 14 de septiembre de 2007
14 de septiembre
Rachel Stoudt. Duplication of Space
Las fotografías corresponden a trabajos realizados en mi curso de Diseño Arquitectónico 1, en la Esucela de Graduados (Es lo que nosotros llamaríamos un master), en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Florida, (USA)
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jueves, 13 de septiembre de 2007
13 de septiembre
-Habitabilidad por Federico Paz
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Jorge Luis Borges
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2007
(45)
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- Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de Buenos Aires, FADU-UBA. Adjunto: Carlos Campos, J.T.P: Federico Paz, Docentes: Celina Baldasarre, Constanza Bunge, Hernán Deswarte, Adriana Guevara, Anabella Iacovanelli, Carolina Kogan. Colaboradora: Carolina Bisceglia





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