jueves, 20 de septiembre de 2007

20 de septiembre

Higiene e intimidad del baño
Las formas de la limpieza corporal (Continuación)

Georges Vigarello


Higiene racional

Pero también hemos de repetir hasta qué punto es contra dicha valorización de los visible cómo nace la limpieza moderna. No se trata de que desaparezca el papel desempeñado por la ropa interior. Todo lo contrario. Al final del siglo XVIII y en el siglo XIX, la burguesía multiplicará los tejidos ligeros y los juegos en el blanco. Pero surgen otros valores; otras referencias van a promover una limpieza del interior. La verdadera transformación, lo que introduce el desplazamiento decisivo, se fundamenta en la salud: la fortaleza sustituye a la apariencia. Cuando la burguesía del siglo XIX construye teorías sobre la limpieza de la piel, apunta a una fuerza nueva. Liberar los poros a fin de darle al cuerpo un mayor dinamismo, utilizar el agua, fría incluso, para dar mayor firmeza a las fibras. La limpieza libera y refuerza; además, se hace necesario el empleo de un agua que afiance y endurezca. Ya no basta con mudarse la ropa interior, como tampoco bastan las marcas externas. La piel ha de ser alcanzada por un líquido encargado de estimular: lavar las zonas que recubren el vestido, por supuesto, para tonificarlas mejor. La representación del agua, la representación del cuerpo, se explotan hasta ahora conforme a la física del endurecimiento. Imágenes intuitivas, de nuevo, que revelan hasta qué punto puede la higiene ser objeto de racionalización en este lento desarrollo de lo íntimo. Podría hablarse incluso de una diferencia simbólica entre la limpieza del siglo XVII, en gran medida compuesta de apariencias, y la de finales del XVIII, cuyo fin es el desarrollo de las fuerzas secretas. Tan simbólica como puede serlo la diferencia entre una aristocracia apegada a las tácticas de la apariencia y una burguesía que inventa el vigor. Un código escénico frente a un código de la fuerza.

Limpieza ejemplar, pues en sus significaciones sociales. Limpieza ejemplar también en su recurrir sistemáticamente a la referencia culta y a las justificaciones funcionales. La limpieza tendría una utilidad física precisa: incrementa los recursos orgánicos. Estas teorizaciones de finales del siglo XVIII inauguran un modo de explicación: la limpieza se legitima mediante la ciencia.
Aun cuando los mecanismos invocados no siempre sean los mismos, este principio no se modificará durante varias décadas: estar limpio es proteger y fortalecer el cuerpo. La limpieza protege y garantiza la buena marcha de las funciones. Las razones esgrimidas son de orden fisiológico. El papel energético de la piel, la molesta obstrucción causada por la mugre, el peligro que encierran las materias putrescibles, todo ello se convierte en el horizonte teórico de las abluciones y los baños. El temor a los microbios constituye un último punto: lavarse es la mejor manera de defenderse.



El orden moral

Este discurso culto –que domina en el siglo XIX, pese a que sus aplicaciones fueron durante cierto tiempo limitadas y vacilantes- desempeña al menos un papel: atribuir una utilidad palpable a una limpieza cada vez menos visible; proporcionar un sentido funcional a unas exigencias del todo interiorizadas, tanto más difícil de formular cuanto que su objeto resulta ínfimo. La caza del microbio refleja perfectamente este limpieza invisible. Todas estas razones ocultas, todas estas justificaciones poco a poco construidas, dan cuerpo a una vigilancia eminentemente social y, sin embargo, difícil de explicar; así es de imperceptible. Cierto es que una ciencia tal no carece de verdad. Su papel está sujeto a unos descubrimientos reales y, por añadidura, importantes. Pero las tácticas de convicción en las que interviene ponen de relieve hasta qué punto esta limpieza, cada vez más relacionada con lo íntimo, tuvo que buscar para sí, razones edificantes antes de convertirse en un simple hábito. La exhortación que la burguesía utiliza con respecto a las clases populares en el siglo XIX confirma tales procedimientos: la limpieza no sólo te hace resistente, sino que también garantiza un orden. Es una virtud más. La limpieza de la piel, la disciplina del lavado, tendrían sus equivalentes fisiológicos: un resultado físicamente visible, pero moralmente eficaz. Sea lo que fuere, es con esa limpieza encaminada a vencer al microbio como se acaba un largo recorrido, aquel que va de lo más aparente a lo más secreto, aquel que. asimismo, abre una profunda brecha en la esfera del espacio privado.

Otras referencias hacen más sensible este recorrido. Con aquellos gestos inducen a una limpieza que se escapa a la mirada, se van creando insensiblemente unos lugares privados. Aparecen ciertas tipologías. El dormitorio del cura de Choisy, en 1680, no tiene una dependencia para aseo personal. Los actos que el cura dedica a su higiene corresponden, por otra parte, a ese espacio polivalente: juego de afeites y lunares postizos, mudarse la camisa, secados diversos. Habrá que esperar hasta el siglo XVIII para que, a cierta distancia ya de las espectacularidades aristocráticas, se creen, en las grandes villas y mansiones, unos espacios especializados para los cuidados del cuerpo. A los cuartos de baño, son sus porcelanas, sus jarras y sus bidés (todavía escasos), corresponde ya una limpieza más secreta. Los espacios de la élite se extienden y especifican exactamente cuando se hace más profunda esa limpieza que traspasa las superficies. Se abre un lugar, exactamente igual que se amplía la limpieza.
Es a finales del siglo XIX cuando se sistematiza una regla: cerrar rigurosamente los accesos a los aseos y cuartos de baño. Con esta piel accesible en todos sus repliegues se constituye una distancia definitiva. Es por la misma época cuando se confirma un placer en la ablución que todavía no osa hacerse totalmente explícito.

Hemos de ver, finalmente hasta qué punto esta dinámica pone en juego otros espacios: el de las ciudades, en particular, con sus arquitecturas, sus comunicaciones y sus flujos. Los cuidados del cuerpo implican en este caso una reestructuración total no sólo del mundo subterráneo, sino también de la superficie de las ciudades. Uno de los factores más importantes de la reordenación urbana que tiene lugar en el siglo XIX es, sin lugar a dudas, el agua. Con ella cambia radicalmente el abastecimiento y, asimismo, la respiración de las grandes aglomeraciones urbanas. La limpieza incitó, su tecnología, su resistencia, también a ser capilarizadas.


El espacio más privado
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En 1888, una bañera ocupa el centro del escenario en un vaudeville de Feydeau. Una joven está a punto de darse un baño, luego cambia de parecer. La bañera permanece en el centro. Siguen toda una serie de enredos irrelevantes. El interés del texto está en otra parte. Reside en la sugerencia del desnudo. Audaz, sin duda, para 1888. Audaz también porque todas las obras que codifican por esas fechas los cuartos de baños del mundo burgués se entregan a una verdadera propedéutica de la intimidad. A su manera, el autor confirma aquí todo lo prohibido. Se burla de ello haciendo una escena inquietante: desnudos apenas esbozados, intimidades vagamente violadas. Pero también bromea evocando la regla: Laurence se lamenta amargamente de no tener cuarto de baño. Esta bañera llena de agua tibia en un gabinete burgués constituye asimismo la incongruencia en la que se basa la obra.
Lo prohibido resulta reforzado. Las primeras propuestas de la transformación en cuarto de baño del tocador contiguo al dormitorio son decisivas, sobre todo después de 1880. Por ejemplo, cuando la esposa entra en él, el lugar se convierte en “un santuario cuyo umbral nadie puede traspasar, ni siquiera el esposo amado; menos que nadie, el esposo amado”. Espacio, sobre todo, rigurosamente privado: cada cual entra allí solo. La elección de los objetos, del toallero al porta-alfileres, al favorecer la funcionalidad de los accesorios, favorece también la desaparición de toda ayuda exterior. Alejamiento de los contactos indiscretos: ciertos cajones se sitúan fuera del alcance los criados. Rechazo de las miradas: “Allí no se entra acompañado.” Es necesario cerrar todo acceso. Nada sorprendente, por otro lado. Esta dinámica habría empezado a apuntar mucho tiempo atrás. Pero la imagen ha dejado de ser la de las criadas de la señora Cardoville, ayudando y sosteniendo a sus ama en el baño. Ahora es la de la disposición de los aparatos y objetos. En este marco, sencillamente se constituye una relación con uno mismo más exigente.
Tal vez nunca se había manifestado hasta tal punto esta reivindicación de la intimidad. Tal vez nunca había estado hasta tal punto asociada a la de un espacio la historia de la limpieza: crear un lugar cada vez más privado en el que los cuidados se realizan sin testigo alguno, reforzar la especificidad de ese lugar y de sus objetos. Celestine, por cuya boca habla Mirabeau en Le jounal d´une femme de chambre, siente esa prohibición como una exclusión.: “La señora se viste sola y se peina ella misma. Se encierra bajo llave en su tocador, en donde apenas se me permite la entrada.” A finales del siglo XIX, la supresión de todo testigo en esta higiene de la élite se transforma en una regla obligada. Por otro lado, la utilización de aparatos desconocidos hasta entonces permite prescindir de la ayuda tradicional de los criados.
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Fontanería urbana y baños domésticos

En 1908, los establecimientos Porcher garantizan unos servicios que limitan toda manipulación y evitan toda intervención exterior: “Basta una cerilla para que el baño o la ducha estén dispuestos en el tiempo de desvestirse.” Es la nueva circulación de agua, que en un primer momento, juega un papel fundamental. Primeramente, el abastecimiento. Acueductos que conducen, a partir de la década de 1870, las fuentes del Dhuis y el Vanne por encima del Sena; diversificación de las conducciones que se alimentan del Marne al norte de París; embalses en Montsouris y Ménilmontant; y los dispositivos haussmannianos concretizan los proyectos nacidos a mitad del siglo. El servicio puede individualizarse. Al quedar finalizadas las redes de abastecimiento de Belgrand después de 1870, se va instalando el agua en cada piso. Cálculos relativos al caudal, a la presión y a la resistencia, centrados en la circulación del fluido: “Al igual que en la máquina animal, si no se toman las medidas necesarias, el funcionamiento del agua corriente a domicilio puede acarrear accidentes muy desagradables, como son las goteras, las inundaciones nocturnas, la obstrucción de los órganos de desagüe, etcétera.” Se estandariza el espesor y el diámetro de las tuberías. Se estabilizan las direcciones y los trayectos: El agua remonta las escaleras de servicio, abastece la cocina, se extiende al tocador y a los retretes.
Conquista espacial, en fin, el cuarto de baño aparece en algunos inmuebles a partir de 1880. Dilatará los pisos, ocupando lugares diferentes conforme a la imaginación del arquitecto, las limitaciones del suelo o los trayectos del agua. Poco a poco, sin embargo, el gran inmueble burgués terminará anexionándolo al dormitorio. El modelo es el del hotel americano, que seduce, a fin del siglo, a todos los visitantes europeos: “Además de una habitación de buenas dimensiones, de unos cuatro o cinco metros de altura, proporcionan al viajero un gran cuarto de baño y un retrete (...) En este lugar de ensueño no sólo encuentras un retrete indispensable, sino también toda una serie de aparatos sanitarios maravillosamente dispuestos.”
En dos décadas, el público de este cuarto de baño se habrá ampliado sensiblemente. En 1880, no obstante, todavía son pocas las casas de alquiler que incluyen tales dispositivos, aunque se dan algunos ejemplos, particularmente en París. También hay otros indicios: en la prefectura de Orán, en 1880, el piso del prefecto tiene cuarto de baño, mientras que el del secretario general carece de él. A principios del siglo XX, en cambio, las instalaciones se unifican. Todos los inmuebles notables, censados por Bonnier entre 1905 1914, han adoptado los nuevos dispositivos. Los establecimientos Porcher dicen haber vendido 82.000 calentadores de agua en 1907. Se afirma una práctica burguesa, próxima, por fin, a la de hoy en día.



La evocación de esas abluciones y su puesta en escena literaria también cambian. Zola, en algunas novelas de finales del siglo, no se cohíbe a la hora de sugerir el enrojecimiento de una piel expuesta al agua caliente, o el vapor sofocante de un cuarto de baño recalentado. Se recrea en los perfumes apagados de las bañeras en las gotas que perlan los miembros. Sorprendentes gesto, prolonga los contactos, retiene los colores y los sonidos, haciendo resonar hasta los movimientos y los chapoteos ensordecidos del agua. Sus bañistas burguesas siempre tienen la piel un poco húmeda bajo el camisón o el albornoz: es Nana apenas vestida recibiendo a Philippe al salir del baño; o también Nana “inspeccionando y lavando” su cuerpo, antes de contemplarlo detenidamente ante el espejo. Igualmente realista es la imagen de la Sténo, aquella condesa del Cosmopolis de Bourguet (1893), azotando su sangre regularmente con unas vigorosas abluciones matinales, o la imagen de Silvert, en la Venus de Rachilde (1884), descubriendo ante Raoul un cuerpo todavía húmedo, recién salido del agua. La escena del baño pierde en academicismo lo que gana en espontaneidad. Imagen prosaica, más natural, en cualquier caso, pese a su fuerza inevitablemente inquietante. Oportunidad de sorprender la intimidad mediante lo inesperado del detalle: el agua deslizándose o secándose sobre la piel; el olor acuoso del jabón mezclándose con el de los perfumes y las cremas. Un arte de la sensación inmediata y de la mirada furtiva. Una manera, asimismo, de resaltar las curiosidad con respecto a la ablución: gestos sencillos y, sin embargo, ocultos; intimidad conocida y, no obstante, misteriosa. Con esta profusión de cuidados secretos, la emoción literaria confirma la difusión de esta práctica, al menos entre los privilegiados, en las postrimerías del siglo XIX.

Continuará...


Pierre Bonnard, mujer inclinada, 1899 / El aseo en una vivienda obrera