lunes, 24 de septiembre de 2007

24 de septiembre


Workshop sobre relaciones con el 0 en FADU-UBA



Higiene e intimidad del baño
Las formas de la limpieza corporal (Conclusión)

Georges Vigarello



La higiene democrática

Muy diferente fue su difusión en otros medios. La norma adquiere en este caso ciertos aspectos autoritarios: ya no se trata del acceso a un espacio íntimo, en donde una exigencia interiorizada de limpieza se confunde con la seguridad y el placer, sino de una insistencia pedagógica para que un público determinado adopte unas referencias adquiridas en otra parte.
El principio de la transmisión no es algo nuevo. A mediados del siglo XIX quedaría bien ilustrado por la "pastoral de la miseria". Pero la austeridad de las precauciones que ésta imponía, la transformación de la circulación del agua y la diversificación de los aparatos sanitarios, cambian las condiciones mismas de esa transmisión. El efecto que se espera de la limpieza popular tampoco es nuevo: orden y salud. "Para los pobres, es decir, para la gran mayoría de los obreros que nunca se bañan (…), tal cosa significa una pérdida equiparable de fuerza y vigor." Pero las dramatizaciones también se incrementan: la transmisión de la norma entraña en primer lugar la lucha contra el "espantoso mefitismo" de los obreros, los soldados, los escolares, todo ese público al que se dirigían los baños populares de 1850 sin llegar a alcanzarlo realmente.
Finalmente vienen a añadirse las presiones de una condición cada vez mejor formulada: lavar el mayor número de cuerpos restringiendo al máximo el tiempo y el consumo de agua corriente. En este cuadro, el mismo baño plantea problemas,: "El baño en bañera, al modo antiguo, lleva demasiado tiempo, resulta demasiado caro para las masas obreras. Pérdida de tiempo y de dinero (…)"

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Llegar al mayor número posible, evitar las inversiones demasiado fuertes, limitar las abluciones a la limpieza estricta, todos ellos son objetivos confirmados. A ellos se debe el que la limpieza popular no pudiera escapar del establecimiento público concebido para las masas. A ellos se debe el que llegaran a especificarse los espacios y los sanitarios de tales establecimientos. En la segunda mitad del siglo XIX se especifica un modelo: emplear la ducha, en lugar del baño; mantener al sujeto de pie, en lugar de tumbado. La invención proviene de unos colectivos específicos: el ejército y la cárcel.
Los militares fueron los primeros, hacia 1860, que utilizaron la ducha característica de la hidroterapia, con el fin de verter "en forma de lluvia" un agua minuciosamente calculada. Un sistema tanto más atractivo cuanto que se adecúa a la disciplina, a las filas y a los movimientos colectivos y reglamentados. Una mano exterior manipula el chorro, los soldados entran conforme a una disposición previamente convenida. En 1857, Dunal organiza una primera tentativa con el Regimiento 33 de Infantería de Marsella. Los soldados pasan en grupo bajo un mismo chorro vertical: "Los hombres se desvisten primero en una habitación y, provistos de un trozo de jabón, se meten de tres en tres bajo el tubo-regadera: tres minutos les bastan para lavarse de la cabeza a los pies. Cuando el primer grupo ha terminado deja el sitio a los tres siguientes, ya preparados de antemano, y así sucesivamente." Se empieza a esbozar una fórmula. Dunal hizo instalar un barracón de madera ene el patio de la Cordelería del Regimiento 33 de la Infantería de la línea de Marsella. Allí es donde el chorro riega a los hombres: ha nacido la primera ducha sanitaria. Pero las disposiciones todavía son vacilantes. Demasiad agitación en estos desplazamientos de escuadra, demasiad efervescencia: los hombres pasan en grupos pequeños bajo un mismo chorro. Se codean, se molestan unos a otros. El orden puede mejorarse.

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En 1876, en el Regimiento 69 de Infantería, la aspersión, aunque sigue siendo la misma para todos, aparece ahora dirigida. El procedimiento se individualiza: "Un encargado dirige el chorro desde arriba sobre cada hombre situado en una palangana de zinc con los pies sumergidos en el agua. De esta forma se puede bañar a todo un regimiento -13.000 hombres- en quince días a razón de un centímetro por cabeza." Un hombre encaramado a una escalera distribuye las abluciones, escatimando su duración y orientando la ducha.
En poco tiempo, el sistema vuelve a modificarse. Una distribución más rápida impone que a cada fila de hombres corresponda una fila de aparatos. Es en la prisión de Rúan donde, unos meses después, se experimentará el siguiente dispositivo: chorro fijo, cabinas contiguas, manipulación exterior del agua, tandas de bañistas. El flujo de hombres y chorros se corresponden: "Con ocho compartimentos (…) en el transcurso de una hora pueden lavarse de 96 a 120 reclusos, aproximadamente, con un consumo de 1.500 a 1.800 litros de agua, lo que equivale a seis u ocho bañeras."
Con ciertos matices, este dispositivo es el mismo que el de los baños-duchas populares: cabinas estrechas, chorros contiguos, agua y tiempos medidos. Estructuras igualmente ligeras: en 1979, en el albergue de la Rue Saint-Jacques de París, la separación de los bañistas se realiza mediante unas cortinas; la misma función tienen los delgados tabiques que dividen las cabinas, entre las rodillas y los hombros, en el establecimiento construido por Depeaux en 1900 para los estibadores de Rúan. En resumen, un conjunto rigurosamente funcional, limitado a la distribución de las cañerías y a la individualización de las cabinas: "Para responder a su definición, para satisfacer su objetivo de higiene verdaderamente social y popular, tal establecimiento será instalado con una sencillez que, sin excluir elegancia, proscriba inútiles investigaciones arquitectónicas."
Surge un espacio íntimo popular, pero no es sino simple geometría. Unidad abstracta y transportable, forma anónima y descarnada. Sólo importa la delimitación de un espacio numerado.
El cuarto de baño del piso burgués y la ducha del establecimiento popular caracterizan dos tipos de limpieza. El agua, como herramienta, es algo adquirido. En la segunda, sin embargo, el agua es impuesta desde el exterior, cuadrículas aplicadas sobre la sorda resistencia popular; intimidad también, pero construida como una estructura congelada: lavado, en fin, pero ajeno al espacio de la vivienda. Esta última limpieza revela el largo recorrido que todavía queda por hace para que las abluciones lleguen a instalarse en la prolongación del dormitorio. Asimismo, revela hasta qué punto la intimidad traspuesta no es aún más que una célula abstracta. Estructura vacía, ideada como estructura de engendramiento. Es a partir de este geometría como deberían nacer otras referencias. Es, sobre todo, una fórmula totalmente descarnada, mínima, en la que ya se puede reconocer la limpieza de hoy, pese a ciertas diferencias evidentes: compendio de espacio administrado a fin de individualizar la ablución total.
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Las últimas prevenciones

Estos dos últimos ejemplos, el cuarto de baño burgués y la ducha popular, tan cercanas a nuestro presente y, sin embargo, tan diferentes de él, revelan dos de las dinámicas más importantes de la historia de la limpieza.
En primer lugar, el papel específico del agua. Las cabinas celulares de las duchas públicas se inventan después de varios intentos. Se diría que durante algún tiempo las canalizaciones, los chorros y las distribuciones constituyen un obstáculo para la estructura de las individualizaciones (filas, grupos) que ya se lleva practicando bastante tiempo en otro contexto. El agua impone sus propias manipulaciones. Se resiste. Estimula la imaginación. La elaboración vacilante de este espacio celular no constituye el único ejemplo. Existen otras propuestas contemporáneas de la ducha popular: las primeras piscinas de agua caliente de París (después de 1885) fueron construidas primordialmente con fines higiénicos. Christmann insiste en esta función al promoverlas. Las piscinas permiten "proporcionar baños baratos" y son particularmente eficaces: el largo tiempo pasado en el agua actuaría también contra la mugre. Nadar también es lavarse. El movimiento físico de la natación contribuiría aquí por duplicado a la higiene: ejercicio y lavado; activación muscular y limpieza profunda. El ayuntamiento de París lo expresa con toda claridad cuando prosigue el proyecto de Christmann en los últimos años del siglo XIX: "Si el baño en bañera es saludable, mucho más lo es el baño en piscina, donde no es necesario permanecer inmóvil y donde el ejercicio de la natación no hace sino multiplicar sus efectos benéficos." El baño-ducha no se presenta así tan alejado de estos otros proyectos compuestos, en los que el agua desempeña diversas funciones: trabajo muscular, limpieza de la piel y lugar de encuentro. En el marco de estas limpiezas impuestas, no son, por tanto, las amalgamas que todavía quedan por separar. La piscina de finales de siglo, esa agua mezclada de los pobres, no hace sino recordarnos todas las estructuras yuxtapuestas de las que hubo que alejarse la limpieza moderna antes de constituirse como tal.


En lo que a ella se refiere, la limpieza de la élite nos revela, en ese mismo momento histórico, una segunda dinámica: el incremento de una exigencia nunca satisfecha. Es evidente que el espacio burgués del baño no ilustra aquí el fin de una historia, aun cuando ese espacio comience a esbozar hábitos cotidianos. El código de la distinción, ostensible y secreto a un mismo tiempo, va siendo cada vez más elaborado, pero nunca llega a fijarse. Las autolimitaciones aumentan insensiblemente a lo largo del tiempo, utilizando modelos inestables. Esos modelos se desplazan. La limpieza burguesa de finales de siglo todavía no es la de hoy. El baño diario es inimaginable en 1880: "Uno no debe bañarse todos los días, a no ser por prescripción facultativa." Una vaga racionalización del agua conforme a la antigua idea del debilitamiento, unida a una modificación gradual de las exigencias de limpieza, mantiene unas frecuencias todavía muy alejadas de las nuestras. Las prácticas son objeto de interminables modificaciones, si bien es cierto que el punto de referencia de la pastorale de la misère conserva todavía para nosotros un eco evidente.


En cualquier caso, esta limpieza de final de siglo es decisiva para poder comprender la nuestra: está claramente orientada hacia lo invisible del cuerpo; se apoya en gran medida en las sensaciones íntimas; dispone una racionalización científica ya desarrollada. En este sentido, marca la última gran figura que precede a la limpieza de hoy. Con ella finaliza una historia, la de la limpieza que por fin terminará alcanzando a toda la piel, tanto a sus zonas más visibles como a las más ocultas. Con esos espacios ajenos a la mirada se pone fin a un largo recorrido.
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Parque de diversiones en la ciudad de Rosario, baños públicos. Proyecto y dirección: Arq. Rafael Iglesia / La hidroterapia, de L´Illustration, 1868 / Suitcase house, Edge Design Institute, 2001, Badaling Shuiguan, Beijing, República Popular China / Baño Swarovski

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Traducción de Pilar Vázquez Alvarez