Las formas de la limpieza corporal
Georges Vigarello
La consagración de la higiene como un valor social de aceptación imprescindible trajo consigo grandes cambios en lo urbano y en lo doméstico. La ciudad del siglo XIX pasó a ser una gran metáfora del cuerpo humano, recorrida por secretos fluidos que la defendían de esos mefíticos horrores específicamente urbanos que eran las epidemias. Tomando como punto de partida una Edad Media que confunde la limpieza con los modales, y pasando por una Edad Media hidrófoba, Vigarello establece la fecha de nacimiento de uno de los conceptos básicos de la civilización contemporánea que, naturalmente, ha conocido también unos cambiantes reflejos espaciales.La limpieza que aquí consideramos más antigua es aquella que se dirige exclusivamente a las partes visibles del cuerpo: el rostro y las manos. Estar limpio es mantener la cuidada una zona limitada de la piel: tan sólo la que emerge del vestido, la que se ofrece a la vista. Las reglas y los libros de urbanidad que dictaban en la Edad Media el comportamiento de los niños nobles no decían otra cosa: tener siempre limpias las manos y la cara, llevar un vestido decoroso, no rascarse la cabeza de una forma demasiado ostensible. Ninguna referencia a las interioridades del vestido o las sensaciones de la piel. Ninguna alusión a sentimiento íntimo alguno. En la Edad Media existe una limpieza corporal, pero ésta se dirige a los otros, a los testigos. Incumbe a la inmediatez de lo visible. Esos actos arcaicos de la limpieza física se ordenan así en un tejido de sociabilidad. Pero su historia muestra en primer lugar las superficies perceptibles del cuerpo y la mirada del otro las que fijan su código.
Se puede comprender ese privilegio antiguo y duradero de lo visible. La vista constituye aquí, sin duda, el indicio más intuitivo, el que convence de un modo más natural, el que puede someterse asimismo a las normas más fáciles de formular. Con ellas, los atributos de la limpieza se anuncian y se precisan en pocas palabras. Los preceptos parecen nítidos. Basta con mirar.
Hoy también hemos de comprender, para aproximarnos más a tales indicios, el papel limitado y muy particular que tiene el baño en la Edad Media. Se hace necesario medir hasta qué punto las prácticas que origina pueden ser diferentes a las nuestras. No cabe duda de que los baños, de vapor y agua, existen ya en la Edad Media, pero no son establecimientos destinados a la higiene. Se los asimila a unos placeres del todo específicos. Allende el interés termal, a menudo real, los baños de la Edad Media mezclan sus prácticas con las de las tabernas, los burdeles y las timbas. La agitación y la turbulencia no les son del todo ajenas. Esos lugares llenos de vapor, en donde las alcobas y las camas prolongan la humedad tibia de las tinas, son lugares de placeres confusos. La erótica del baño prevalece en gran medida sobre el lavado. El agua, como medio de sentir emociones físicas, atrae más al bañista que el propio acto de limpieza. El juego, en fin, la voluptuosidad incluso, importa mucho más que el estado de la piel.
Lo que muestra una historia de la limpieza corporal es la variedad en el tiempo de los usos del agua, o incluso de las fantasías ligadas a ella, y la distancia que separa las representaciones arcaicas de ñas actuales. En la Edad Media existe, pues, un baño cuyo objeto de realidad no es la limpieza. En la vida cotidiana, lo que cuenta sigue siendo la limpieza del rostro y las manos. El agua no llega verdaderamente al interior.
Alusiones a lo íntimo
Ahora bien, una historia de la limpieza muestra también que de lo que se trata es de desarrollar una intimidad del cuerpo. Se da una dinámica, confirmada ya al final de la Edad Media: un entorpecimiento insensible de las autolimitaciones, que lleva a la limpieza física a extenderse más allá de lo visible; y el desarrollo de una labor civilizadora que afina y diferencia hasta las sensaciones menos explícitas. Pero hemos de subrayar cuán alejadas de las nuestras siguen esas referencias, por mucho que se transformaran y enriquecieran. Es evidente, por ejemplo, la diferencia entre la limpieza física descrita en el siglo XVI y la descrita en la Edad Media, si bien esta diferencia no se debe a un nuevo empleo del agua. La ablución es independiente de esa transformación. La limpieza, en este caso, no se relaciona con el acto de lavarse. En primer lugar, y durante un largo período de tiempo, la causa del cambio reside en un nuevo uso de la ropa interior. Es el tratamiento de las telas del cuerpo lo que se crea, a partir del siglo XVI, un espacio físico de limpieza hasta entonces desconocido: una diferencia más acentuada entre las telas finas y gruesas; en definitiva, un mudarse con más frecuencia –y, por sobre todo, de una forma más apremiante-, las telas que se ponen en contacto con la piel. se diría que con la manipulación de esta ropa interior, las sensaciones tegumentarias se hacen más explícitas, la evocación de la transpiración, más frecuente. Ciertos repliegues o zonas ocultas del cuerpo originan otro tipo de cuidados. No deja de ser curioso que fueran una serie de prácticas secas las que hicieran evolucionar la manera de percibir y sentir la limpieza. Un dispositivo tanto más importante cuanto que, también en este caso, se dirige a ña vista, pero dándole una agudeza y una profundidad totalmente nuevas.
Al sobresalir bajo el jubón de los hombres o la falda de las mujeres, la ropa interior envía a la superficie las marcas de las zonas más secretas. Lo íntimo resulta insensiblemente inscrito en lo visible. Este tipo de limpieza triunfa con la Francia clásica hasta llegar a emplear todos los recursos del espectáculo. Prácticas cortesanas que multiplican los signos de la vestimenta, que explotan el sabio escalonamiento de las telas buscando una mayor sutileza mediante el trompe-l´oeil; encajes que aligeran y prolongan el interior del atuendo; texturas de la ropa interior, en fin, que juegan con la variedad de los tonos y la finura de las tramas de lino, la sarga, o el cáñamo a fin de orquestar sutiles distinciones sociales.
Esta limpieza, en la que la blancura de la ropa y su renovación ocupan el lugar del lavado de la piel, es tanto más importante cuanto que viene acompañada, en el siglo XVII sobre todo, por un relativo rechazo al agua.
Sin duda es aquí donde la imagen del cuerpo, la de sus operaciones, la de sus funciones, deja entrever mejor su posible peso en una historia de la limpieza. Para la élite de la Francia clásica, el cuerpo bañado es una masa invadida por el líquido, perturbada por la hartura y la inflamación: bolsas porosas, carnes impregnadas. Los poros se consideran aperturas; los órganos, receptáculos; al tiempo que abundan los ejemplos de oscuras penetraciones. Los contagios ofrecerían por sí solos una ilustración de las mismas ¿No sería el agua parecida a esos huidizos venenos que invaden el cuerpo de los contagiados? El baño ya no carece de riesgos. Es más, incluso dejaría la piel totalmente abierta. Una mecánica simplificada de la infiltración y una racionalización concebida en primer lugar para explicar el ataque fulminante de las pestes y epidemias favorecieron esta representación de un cuerpo de fronteras penetrables.
Sea como fuere, la limpieza del siglo XVII, más extendida y más profunda, no deja de ser paradójica. Alcanza a las zonas ocultas del cuerpo, al tiempo que incrementa el papel de la vista. Es más secreta, al tiempo que favorece el espectáculo como nunca lo había hecho antes. Con ella lo visible adquiere una soberanía sin igual. Hemos de hacer hincapié en cuán adecuada resulta esta práctica en una sociedad cortesana, en la que se teatralizan los gestos, las actitudes y las vestimentas. Esas telas que sobresalen por debajo del vestido, en ese acto codificado de mudarse la ropa interior, si bien amplían el espacio otorgado a lo íntimo, permiten explotar la apariencia como no se había hecho hasta entonces.
Continuará...
1. Bianca Regl, Adam 3, 2005 / 2. Jost Amman, Book of Trades, 1569 / 3. Alfred Stevens, El baño, 1867
Revista A &V Monografías de Arquitectura y Vivienda Nº 14, Año 1988

