miércoles, 1 de agosto de 2007

6 de agosto






Exposición de mitad de año en FADU-UBA




Representar es Simbolizar

Por Carlos Campos.

Texto publicado en la revista del Colegio de Arquitectos de La Rioja (España) cuyo editor es el arquitecto Martín Saez, ex alumno y docente del taller, y amigo.



Representar es reemplazar una entidad por otra, que es su símbolo.

Lo importante de vivir en un mundo de representaciones no radica en la existencia y producción de símbolos, sino en la aceptación de estos símbolos como valederos.

Reemplazamos incógnitas por hipótesis, bienes por dinero.
Creemos en el símbolo que nos dice “te amo”, aunque no sea más que un delgado hilo de voz en el teléfono.
Y reemplazamos ese amor –imposible de verificar-, por su expresión simbólica. Esas palabras que aceptamos en lugar del amor que anhelamos. (¿acaso anhelamos sólo el símbolo?)

Aceptamos bandera por Patria, Historia por pasado.
Sabemos que este reemplazo es provisorio. Muchas veces aceptamos el símbolo a regañadientes. Aunque hay excepciones: preferiríamos unos dibujos de peces y flores a los peces y flores verdaderos, si el autor del símbolo fuera Matisse.

Los arquitectos administramos un complejo sistema de símbolos, y los acomodamos en diversos niveles y de acuerdo a distintas estrategias, a fin de hacer existir algo que no estaba en el mundo.

Eso es proyectar.

En el acto de proyectar, que tendrá como destino la aparición de lo nuevo, no podemos utilizar al propio objeto de construcción como modelo. El arquitecto no puede construir una casa para ver cómo será la casa que está proyectando.

El escultor en cambio, en mayor o menor medida, podrá ejecutar pruebas de su escultura en unas piezas de piedra más corriente. El pintor puede bocetar.
Y aunque estas representaciones también sean símbolos de algo que aún no está en el mundo, la relación entre la representación y la obra es, por lo menos, de escalas similares, o de análogas materialidades.

Estamos obligados a representar, porque necesitamos una moneda de cambio barata, transportable, fácil de transformar, propia, abierta, personal, y que nos caracterice entre los demás constructores de símbolos.

Bajo esta perspectiva, la Obra de un arquitecto es algo más que un conjunto de edificios aislados. Es una manera de proceder, indeterminada e inmaterial, que se refleja en todo su trabajo, sea destinado a ser habitado o no.
El arquitecto entonces, juega con (¿conjuga?) un enmarañado conjunto de símbolos, de piezas que reemplazan piezas. Y se comunica a través de este reemplazo. Sólo él conoce la relación en profundidad. El otro debe confiar, arriesgarse. Porque por más que intente comprenderlo, la mayor parte de las veces, detrás de un símbolo, sólo hay otro símbolo. Un código cerrado, excluyente, que se esfuerza por acercarse a quien no lo domina, pero es poco lo que puede hacerse.


“No entendí”. Y no podemos reemplazar el símbolo, porque ya no hay otro.